ENTREVISTA A LORENZO SILVA

Os copio aquí una entrevista a Lorenzo Silva en la que habla fundamentalmente del mercado editorial, aunque también hace un rápido balance sobre la creación literaria en nuestro país.

Aunque es un poquito larga, me parece que no tiene desperdicio. Sobre todo para los que quieran conocer más a fondo cual es la realidad editorial en la actualidad.

 

ENTREVISTA A LORENZO SILVA

ABC DIGITAL. 27/05/2013

Lorenzo Silva1. El editor, el último romántico

¿Por qué se le ocurre fundar una editorial justo ahora?

No venimos a redimir a nadie, desde luego, pero en el panorama editorial siempre faltan cosas, y siempre hay libros desatendidos por razones de mercado, por razones del enfoque de los distintos editores. El mercado está prácticamente cerrado: yo he tenido en las manos libros buenos y se los he aconsejado a editores, pero me han dicho: «Sí, el libro es bueno, pero me lo voy a comer». Hay novelas valiosas que, por el simple hecho de no pertenecer a un nombre ya consolidado, o por no estar inscritas en una moda consolidada, tenemos que prescindir de que existan o hay que condenarlas a la autopublicación en Amazon o donde sea. Ningún editor quiere apostar por ellas.

También nos animó –no digo que nos empujara, pero nos animó– la cantidad de gente buena en narrativa –con trayectoria a sus espaldas, incluso con premios– que tiene uno, dos o tres libros en el cajón, debido a la contracción tan brutal que han sufrido los catálogos. De todas formas, no censuro a nadie: yo no haría nada que mi negocio no me permitiera; a fin de cuentas, una empresa tiene que sobrevivir. El mejor momento de emprender algo es cuando uno lo quiere hacer. Esta sociedad está atenazada por el miedo, y no se puede vivir con miedo, porque el miedo te agarrota, el miedo te liquida, y la Historia de la humanidad demuestra que cuando uno pierde el miedo vence a los monstruos. Cuando se está aterrorizado, los monstruos le comen todo el terreno.

 

¿Primero es el catálogo y luego el negocio?

En el momento en el que estamos, la codicia está fuera de lugar: es para el que vaya al casino. Procuramos que cada libro no solo tenga calidad, sino que veamos una proyección de ventas y de lectores. Lo que no buscamos es vender diez mil ejemplares de un libro. Si pasa, pasará, pero sobre el criterio de que produzcamos cosas en las que creamos.

¿Se atreve a calificar el trabajo de las demás editoriales?

Cada uno lo hace de la mejor manera posible dentro de su negocio, porque además cada uno está dentro de su negocio y cada uno piensa en función de su negocio. Las editoriales pequeñas lo ha hecho muy bien, han buscado nichos, caladeros desatendidos. Están echando las redes y sacando peces. Las grandes, en cierto modo, han tenido que acomodar, acompasar o adaptar su concepción, porque en el mundo editorial la tarta ya no es la que era. Hay una serie de factores que han entrado en juego y lo han distorsionado todo: la crisis económica, la caída del consumo, la piratería. Los grandes sellos están reconfigurándose. Sin estar dentro de su sala de máquinas, sería un poco pretencioso por mi parte decir que lo están haciendo mal.

Supongamos que caen en sus manos «Sombras de Grey» y Larsson. ¿Los publicaría?

Hay una diferencia entre los dos. En «Sombras de Grey» no veo literatura. No lo publicaría, porque mi editorial no está para eso. Me interesa mucho más la marca; que la gente, cuando compre un libro, sepa que está comprando literatura. Eso me interesa más que dar el pelotazo en un momento determinado. Me parece muy respetable, pero mi negocio no es ese. Al que tiene más nóminas que pagar y más alquileres que pagar, no lo censuro. Con Larsson me lo pensaría, porque en la de Larsson, que es una literatura muy comercial, hay cosas que sintonizan conmigo; otras que no. Por ejemplo, de Larsson me gustan los personajes: es un buen constructor de personajes. Quizá no sea tan bueno estructurando la historia, quizá sea prolijo, moralista, cosas que a mí no me tiran tanto, pero Larsson tiene valor literario, además de comercial. En cuanto a otros autores, no digo que Kate Morton no tenga un valor literario. Un editor debe lanzar un mensaje al lector con su sello, que su sello le dé unas coordenadas al lector, que su sello no sea errático.

2. La (¿eterna?) crisis narrativa

La novela, como género, tal vez haya crecido demasiado. ¿Está condenada a desaparecer?

Lo de la crisis de la novela me parece un discurso un poco manido. Todo está en crisis desde siempre: la novela, el hombre, la mujer… Hay una serie de cosas que están en crisis desde siempre y se siguen haciendo; una de ellas es la novela, porque la novela es un artefacto eficaz, dúctil. La novela ha demostrado mucha adaptabilidad. La crisis de la novela me preocupa muy poco: llevo más de treinta años escribiendo novelas. En cuanto a las otras crisis, estamos en una pequeña tormenta perfecta: una caída brutal del consumo en un país depauperado y una redefinición del modelo industrial por la aparición de la dimensión digital. En cuanto a lo primero, crisis económicas se han vivido muchas en este país.

¿Y a las crisis económicas cómo se responde?

Pues trabajando más, ajustando costes, buscando productos más atractivos, buscando quién puede ser tu cliente. No veo más solución que trabajar; trabajar y mantener el vínculo con el lector y aceptar que los números, durante un tiempo, van a ser más pequeños. Y ajustar tu propia estructura a esos números.

Como editor, ¿cuál es el estado de la novela escrita en castellano?

Hay mucho «amateurismo», mucha gente que no ve realmente el esfuerzo que supone escribir una novela. Ponerte a escribir una novela requiere muchos años, muchas horas, muchas correcciones. A mi editorial llegan novelas a medio hacer y novelas muy parecidas, algo que quizá estimulan los editores: cuando una novela funciona y da un pelotazo, enseguida viene una reata de novelas parecidas, clónicas. Hay una cosa buena en la novela española actual frente a la de hace treinta años: la falta de complejos. Ahora lo mismo te pueden escribir una novela localista sobre los bajos fondos de Albacete que una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial. También hay novelas audaces, metaliterarias, y mucha novela clásica, por la vía policiaca o por la vía genérica. Novelas históricas, por ejemplo. En la novela policiaca ha entrado bastante gente que no solo conoce el género, sino que sabe de lo que habla: se han incorporado periodistas, se han incorporado policías.

3. El oasis de la novela negra

Como autor de novela negra, ¿qué diagnóstico haría del género en España?

Nunca ha gozado de mejor salud. ¿Por qué? Porque nunca ha habido tanto interés editorial por la novela negra, y al final, las plantas, si las riegas, crecen. No siempre ha sido así. Cuando llevé mis primeros manuscritos de novela negra a los editores, el ambiente era hostil. Era un género que los editores no apreciaban. Consideraban que el lector español no tenía suficiente pasión por él y que la novela negra hecha en España era muy complicada. Sí, el ambiente fue plenamente hostil. Hasta que di con la editora de «El lejano país de los estanques».

¿Qué pasó entonces?

A partir de ahí, con una serie de autores que se fueron incorporando, españoles y de fuera –Alicia Giménez Bartlett, Donna Leon–, hubo quien asumió que la novela negra en España daba un cierto resultado aparente, seleccionando mucho, pero con techo: un techo de 60.000 ejemplares. Con «El alquimista impaciente» vendí 200.000, pero era un Premio Nadal. Las cifras, ahora, son millones. Eso pulveriza todos los esquemas, los volatiliza. Y a partir de ahí los editores empiezan a regar y abonar el huerto de la novela negra. Y empiezan a surgir calabazas de todos los colores y formas. Gente nueva, gente que estaba en otros géneros. Comienzan a florecer festivales, acontecimientos. El «boom» fue hace unos cinco años. Sin embargo, esto funciona, esto sigue funcionando. Quizá no ha habido nada que funcione como Larsson, pero sigue funcionando.

¿El huerto de la novela negra da para tanta gente?

Creo que ese huerto ha dado mucha gente razonablemente buena, más de la que yo esperaba, porque ha habido mucho buen escritor que se ha acercado al género y se lo ha tomado con cariño. Da igual de qué hables, lo que importa es quién escribe: gente que escribe bien y que tiene dentro cosas se ha acercado ahí y ha sacado frutos. Entre la gente nueva que ha surgido están Carlos Zanón, Víctor del Árbol, Ignacio del Valle. Ahora estoy leyendo «Los soldados», una novela de Pablo Aranda muy buena. Están saliendo autores estupendos. ¿Pero da como para que haya tantas decenas de libros que merezca la pena leer? No. Incluso están empezando a ser redundantes unos con otros, y está empezando a haber autores que cogen el rábano por las hojas, como en todas partes.

¿El lector de novela negra es un lector entregado?

El lector de novela negra está acostumbrado a leer mucho. Recuerdo siempre como un lector de novela negra a Onetti. De Onetti hay una entrevista famosa en la que le preguntan: «¿Y usted qué está leyendo?» Y dice: «Todo esto». Tenía un montón de novelas policiacas apiladas. «La mayoría son muy malas –explica–, pero yo me las leo porque de vez en cuando aparecen escritores buenísimos. En medio de esto, que parece que es una chorrada.» Siempre ha sido así: el lector de novela negra lee mucho, selecciona mucho también, no da muchas oportunidades: si se mete en una serie y la primera novela le decepciona, es probable que no siga; si está siguiendo una serie y el autor pincha de manera muy escandalosa en alguna de las entregas, es posible que se raje. No es un lector indulgente. Hay quien piensa que escribir una novela negra es fácil, porque el género es una plantilla, y la plantilla, una muleta. Lo he oído varias veces, siempre en boca de personas que no han asumido nunca, jamás, el esfuerzo de escribir una historia personal, original. Un género te da unas coordenadas, y esas coordenadas pueden ser el estribo en el que te apoyes o el agujero que se abra bajo tus pies.

4. Entre el papel, el «ebook» y la piratería

Y llegamos a las nuevas tecnologías.

La tecnología plantea la irrupción de unas nuevas posibilidades que no invalidan las anteriores. El «ebook» no es una mala manera de leer, o una peor manera de leer; eso son opiniones, y como tal, discutibles. El verdadero debate no es que habido un avance que haya vuelto obsoleto lo que había: lo que ha aparecido es la irrupción de nuevos actores muy poderosos, con muchos intereses, con una gran capacidad de «lobby», y una respuesta legal confusa, porque el legislador es muy lento, está muy despistado.

Desde luego, habla como un abogado. ¿En otros países qué ocurre?

En otros sitios el legislador es más claro; en otros sitios la praxis gubernamental también es más clara: Google sabe que en Francia o en Alemania no puede hacer lo que aquí, lo mismo que Facebook sabe que en Francia o en Alemania no puede hacer lo que aquí. Y el que tenga curiosidad, que mire las condiciones contractuales. En Alemania, un ciudadano está más defendido frente a Facebook que en España. Esos actores tienen intereses muy poderosos y funcionan, y el legislador español, o no es poderoso, o no es decidido, o no tiene acción. Quienes producimos contenidos culturales digitalizados tenemos que vivir en un cierto desamparo. Esto lleva a mucha gente a alejarse, a patalear. Yo a lo mejor también he tenido mi época de quejarme y de patalear –nunca mucho, y sobre todo, nunca he creído que esa sea la solución–; pero sigo manteniendo que la propiedad intelectual debería estar protegida de forma eficaz.

 

¿Estamos indefensos?

A mí me subleva que un señor monte una tienda en internet con miles de libros que no son suyos y se los distribuya a miles de personas. El mercado de…, no sé…, de móviles está perfectamente protegido: si vas a un sitio a robar un móvil, llaman a la policía y la policía te detiene. Y en el mercado de tabletas, no puedes llevarte un iPad sin más. Sin embargo, la propiedad intelectual es una propiedad que no tiene protección. ¿Qué hacer? Yo intento establecer un pacto con los lectores. El primer año digitalicé prácticamente toda mi obra y vendí muy poco, pero el año pasado he vendido miles de libros. ¡Pues con eso me apañaré! Si algún día el número de lectores se sitúa por debajo de mi umbral de supervivencia, tengo el carné de abogado en la cartera y volveré a ejercer, qué le voy a hacer. No puedo dar un golpe de Estado, no puedo salir con una metralleta a la calle.

 

¿Cómo acostumbrar a la gente a pagar por los contenidos en la red?

Esta sociedad estaba acostumbrada a pensar dos cosas que ya no piensa, que dejó de pensar de un día para otro. Esta sociedad estaba acostumbrada a que por la carretera se iba a 180 por hora y enterraba a 8.000 personas todos los años; y esta sociedad estaba acostumbrada –yo lo he padecido– a que cualquier persona que no fumara entraba a un restaurante con sus hijos y un individuo sin ninguna consideración los empapaba de humo. Un señor de Marbella dijo: «A mí me van a venir». Le mandaron una carta: «Cien mil euros de multa cada día que siga usted». Cien mil euros que aportó tres veces. Se acabó, no hubo más. Este país es muy duro, pero luego es muy blando. Es muy levantisco y te puede dar un cogotazo, pero agacha la testuz. Hemos conseguido convencer a todo el mundo de que enterrar a 8.000 personas todos los años es un disparate; de que atufar a los niños de humo de tabaco cancerígeno es un disparate.

¿Se confunde el derecho a la cultura?

El derecho a la cultura es como el derecho a la salud, pero el derecho a la salud que se propugnaría ahora es: tú te sacas tu título de médico, te encierran en un hospital de la Seguridad Social, a pan y agua, y sin pagarte un sueldo te tienen ahí hasta que caigas muerto o reventado operando gente. Ese sería el derecho a la salud análogo a este. El derecho a la cultura es otra cosa. El derecho a la cultura es que todo el dominio público esté perfectamente digitalizado y accesible desde las bibliotecas públicas digitales. Que haya una red de bibliotecas tanto físicas como digitales que permitan un acceso lógico a quien no tiene medios. Una red de bibliotecas mejor que la que tenemos. ¿O se ha inventado el comunismo solo para esto? ¿Por qué nos ha tocado a nosotros, por qué no le ha tocado a unos grandes almacenes? ¿Por qué no le ha tocado a Maserati? Me gustaría tener un Maserati. ¡Maserati para todo el mundo, y que no los cobren!

 

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