LEJOS, EL EDÉN

Hola a todos.

No hace mucho que este blog ha cumplido su primer año en la red, así que quizás sea buena idea dedicar una entrada a dicho aniversario… Pero tendrá que ser la siguiente, porque hoy quiero compartir con vosotros uno de los escritos geniales de una colaboradora de este blog.

Aquí lo tenéis:

Lejos, el edén.

Siento mis pies amarrados al suelo. Me desborda una sensación de oquedad al contemplar lo que ya no será. Recorro cada espacio y grabo las imágenes en mi retina, junto a cada uno de sus recuerdos. ¿Esto es a lo que tú llamabas el absurdo de la despedida? Es la ineluctable necesidad de decir adiós a aquellas cosas imposibles de soltar. Inevitablemente todo cambia: lo que tuvimos y lo que fue, lo que tendré y lo que será.

Desierta. Así me siento al ver las paredes desnudas, los rincones solitarios, las ventanas sin sus velos y las lámparas grandes no pendiendo del techo. Me llevo sólo lo que no requiere de equipaje. Mucho quedará entre estos benditos muros, como por ejemplo, aquella tenue luz entrando por la ventana grande. Justo frente a ella me sentaba cuando era niña, en una pequeña silla de chapa pintada de rojo, mientras hacía garabatos con lápices de colores.

¿Recuerdas mi árbol favorito? Pocas veces vi un jacarandá tan majestuoso como el que había plantado mi abuelo. Parecía explotar por tantas flores. Sentarse debajo de él era como ocultarse en el cielo. Su ligero perfume lo llevo junto a la alfombra azulina que pinta mi memoria, al igual que el hálito de las tardes de primavera entrando sutil por el balcón del primer piso. Solías unirte a aquella brisa en mis años de adolescente. En aquel entonces, robaste mi primer beso. De nuestras citas conservo algunas flores de ciruelo, entre papeles de seda, y en el libro de poemas que me regalaste cuando cumplí catorce años. Nuestra ternura nos llenó de dicha por un muy largo tiempo; todavía hoy te sigo recordando.

Desde aquel balcón, cada mañana, podía percibir el delicioso aroma a pan que mi abuela cocía en el hornito de barro. Lo colmaba de semillas de girasol tostadas; yo metía mis dedos en la miga, las quitaba una por una y las comía por separado. Mi abuelo cortaba siempre un trozo pequeño de la corteza y lo apoyaba en la ventana de la cocina, en la pared del lado de afuera, donde se reunían los pájaros para recibir su ración diaria.

Aromas, colores, texturas… Se me antoja un café suave, como el que preparaba la nonna: con chocolate rallado por encima de un copo de crema batida. Solía ser una deliciosa rutina para los días más fríos del año y nunca sin la generosa compañía de un exquisito budín de naranja, con cáscaras abrillantadas.

El viento sacude al viejo árbol. De pronto, el aguacero. Cuando niña, una lluvia de sobremanera intensa redujo penosamente el edén. Había aprendido a cuidarlo; era inestimable el verlo florecer, y gratificante el alimentarse de la huerta que cultivábamos. Él siempre me decía “venimos de la tierra y a la tierra vamos; mira qué generosa es”. En ese entonces, no lo comprendía.

Amanece. El sol se muestra tímido, y tiñe la sala con sus amarillos y naranjas. Su tibieza me recuerda a las manos de la abuela cuando amasaba. Me llevo tantos soles, y tantas noches de luna llena… como aquellas en las que compartíamos historias que uno u otro narraba, o escogíamos un libro para leerlo en voz alta. No parece cierto que pronto serán otras las manos que atavíen estas paredes, ocupen los rincones y vistan las ventanas. Tal vez cocinen pan en el viejo horno y recojan de la huerta sus frutos. Serán otros los que disfruten la brisa y la luz, el canto del grillo, el jacarandá y su perfume. Quizás, alguien reciba en el balcón dulces promesas. Qué grato sería que además lean muchos libros y relaten amables historias; porque este nido tiene alma y sabe de cuentos, canciones y poesías.

Es hora. De lo inevitable y absurdo… como tú decías. No es posible subsistir sin un cúmulo de despedidas. Son tantos los lugares de los que partimos, es tanta la gente, son tantos los sueños. Partimos aún de nosotros mismos; nacemos para luego partir. Quien nunca dijo adiós, jamás ha vivido.

5

Millones de gracias a Laura por su colaboración.

Un saludo a tod@s

@M_A_JORDAN

 

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